La psicóloga y el paciente

psychologist-with-patientaSon las tres de la tarde, él toca el timbre en el departamento 3B. Ella baja como siempre con esa elegancia de otros tiempos. Cabello negro perfectamente recogido, traje de chaqueta y pantalón con una tela que luce antigua pero con un estampado moderno. Un saludo de apretón de manos, muy cordial a pesar del año que lleva haciendo terapia con ella – mejor así, piensa – mejor evitar la confianza y los malos entendidos. Ella se llama Laura, el Andrés.

Y no, Andrés no está enamorado de ella, cada terapia de 45 minutos es un oasis en el desierto que se ha convertido su vida. A Laura le puede contar de todo: sus miedos, sus sueños, sus más oscuros pensamientos. Por qué de repente rompe a llorar cuando escucha la canción que compartía con Elena, esa misma canción con la que le pidió matrimonio en el auto gris. En ese día gris en el que ella le dijo que no.

Andrés es de pocas palabras, pero en ese consultorio se siente bien, tranquilo, seguro. Piensa que todo a su alrededor es perfecto: el diván de terciopelo rojo, los cuadros de flores y paisajes, los libros perfectamente ordenados. A veces le parece todo demasiado perfecto, no parece de esta época, de este mundo.

La psicóloga lo escucha y escribe en silencio en una libreta ¿qué escribirá con tanto detalle? piensa de nuevo y mejor no quiere saber lo que ella escribe o como lo describe. Hoy Andrés se siente muy feliz y va a su terapia como todos los martes, toca el timbre y baja un señor desconocido. Andrés le pregunta por su psicóloga, la Lic. Laura, el señor no puede disimular la impresión y le dice ‘mi mamá murió hace 30 años ¿te estás burlando de mí?’

Andrés no puede entender lo que pasa, ¡está paralizado, no se puede mover! Y allí en ese momento, se despierta.